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    Editorial: Más que insuficiente

    Decíamos la última vez que sólo el tiempo dirá si París significó un antes y un después en la lucha contra el cambio climático en la Tierra. Y lo hacíamos parafraseando al célebre y respetado naturalista Joaquín Araujo, que esta vez ha accedido a asomarse a las páginas de esta publicación para alertar de forma clara y contundente sobre los déficits del acuerdo alcanzado en la capital francesa. Un acuerdo que, en su opinión, es “mucho más que insuficiente” y que sitúa a la sociedad mundial ante la necesidad de exigir mayores compromisos a unos poderes políticos y económicos que “siguen perdiendo el tiempo para acometer no ya lo necesario, sino lo urgente e insoslayable”.

    Tan escaso es el margen de maniobra a estas alturas que el propio Araujo empieza ya a pensar en la iniciativa propia como única vía para tratar de solucionar, o al menos de reducir, un problema global de consecuencias catastróficas para la vida en el planeta y para la salud de todos los que habitamos en él. De ahí que haga un llamamiento para emprender desde el plano individual las acciones necesarias para tratar de aportar un granito de arena a una causa que necesita toneladas de concienciación y de sentido común. Frenar el cambio climático requiere de pequeños y grandes gestos de todos y cada uno de nosotros. Porque tal y como explica Araujo, “la economía ecológica, el desarrollo sostenible, la ética ecológica, en suma, consisten en no esperar a nadie. La solución somos cada uno de nosotros”.
    Urge, en definitiva, un cambio de mentalidad a gran escala para solucionar un problema directamente relacionado con la falta de respeto a la casa de todos que es la Tierra. Un cambio de mentalidad que nos lleve a apostar decididamente por dejar de contaminar el aire que respiramos y los alimentos que comemos, de cuidar al planeta que nos hospeda. Porque aunque el cambio climático parezca hoy una amenaza invisible, cada vez es más latente que el creciente calor está asesinando a las primaveras y los otoños, y que el ser humano, más pronto que tarde, terminará pagando las consecuencias de sus pecados.

    Tiene el cambio climático similitudes con que está sucediendo en los mares y océanos, donde cada año arrojamos ocho millones de toneladas de plásticos que empiezan a aflorar a la superficie y hacen patente un problema de enormes proporciones y difícil solución. Un problema que parecía no existir simple y llanamente porque se encontraba escondido bajo de las profundidades del mundo submarino, pero que ya empieza a aflorar a la superficie, para vergüenza de todos. El mero hecho de pensar que en el Pacífico existe una gran mancha de plásticos y basura del tamaño de tres veces el territorio español permite hacerse una idea de la barbaridad que supone utilizar como vertedero ese mismo mar del que proceden muchos de los alimentos que consumimos a diario. Quizá sea sólo una muestra de que todo tiene sus límites y de que el ser humano hace tiempo superó todas las líneas rojas.

     
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