Osteopatía, una medicina integral

Sección: Terapias naturales

Publicación: Revista nº 63

La osteopatía o medicina osteopática está basada en unos sólidos principios biológicos y filosóficos, donde se estudia al ser humano como una entidad global, influenciado por factores tanto internos como externos.

La osteopatía es una medicina integral, que considera al hombre como un todo en relación con su medio. Por eso, nunca debemos hablar de ella como una terapia alternativa, pues desde el punto de vista osteopático no tratamos enfermedades alopáticas, que tienen sólo una base sintomática y disgregan al individuo en partes (nefrología, traumatología, cardiología, psiquiatría, neurología, etc.)

La osteopatía distingue en el hombre los aspectos bioquímico-estructural y psicológico, que forman un conjunto homogéneo. Cree en la fuerza vital “vis medicatrix naturae” como principio de toda respuesta del organismo, así como en que toda curación es una autocuración. El fin de la osteopatía es permitir esta autocuración.

Como seres vivos evolucionamos adecuándonos al medio en el que nos movemos, por lo que el concepto de enfermedad, en la medicina osteopática, toma el sentido de adaptación a las condiciones o circunstancias a las cuales estamos sometidos en nuestro entorno. El organismo está continuamente respondiendo a las demandas del medio externo con “ajustes” en su medio interno, a través del sistema nervioso, el cual consta de un “ordenador central”, el cerebro. Éste gestiona y procesa todas las informaciones del medio externo con la ayuda del sistema endocrino (hormonas), formando lo que se denomina el sistema neuroendocrino, y de un vehículo, la sangre y el resto de fluidos, los cuales circulan por todo el cuerpo a través de los diferentes conductos. Este vehículo constituye el gran principio de la “ley de la arteria”.

Esta visión nos lleva a uno de los conceptos más importantes de la medicina osteopática, como es el concepto de “lesión total”. Es decir, el hombre sometido al medio, donde se encuentran diferentes factores que van a predisponer o a provocar reacciones y ajustes en el medio interno, dirigidos a mantener unas condiciones homeostáticas óptimas.

Esta fuerza inherente que nos ayuda a mantener las constantes biológicas y fisiológicas en perfecto estado, posibilitando esa capacidad de adaptación, y por lo tanto de evolución, es lo que llamamos “fuerza vital”. Está presente desde que esas dos células materna-paterna se unen para crear un ser humano, hasta la muerte del mismo.

Como osteópatas, nuestro trabajo consiste en acompañar y ayudar a la “fuerza vital”, para que ésta pueda expresar todo su potencial de vida, de auto reparación, lo que nos lleva a otro gran principio de la medicina osteopática, la “autocuración”.

Nuestra herramienta más poderosa para que se cumpla el principio de autocuración, la tenemos en el concepto de ajuste. Es decir, ajustar lo que necesite y pueda ser ajustado, bien a nivel de condiciones fisiológicas del propio individuo o en su entorno o medio externo.

Por todo ello, y como practicantes y defensores de la osteopatía, nuestro deber es luchar para que siga siendo independiente, se sigan transmitiendo y conociendo aquellos principios tan malinterpretados que Still, padre de la osteopatía, postuló y Littlejohn, su alumno aventajado, completó:

1. La estructura gobierna la función. La función hace a la estructura
Debemos entender que la base de ello es la biología, y que gracias a ella el hombre sigue evolucionando, adaptándose. La vida es una adaptación constante. Pero, evidentemente, debemos de entender que así como sea la estructura, será la función. Si nos encontramos con una estructura gastada, mal construida o deformada, la función estará perturbada. Pero debemos trabajar sobre esa estructura intentando hacerla más flexible, con mejor capacidad de adaptación, sin pretender cambiar su composición sino solamente su estado. La función es necesaria para que la estructura se conserve, por eso debemos saber conjugar estructura y función: la estructura funciona y la función estructura.

2. La ley de la arteria
Still no señala en ella solamente a la sangre. A menudo se interpreta como facilitar que el flujo sanguíneo llegue a todas las partes del cuerpo, pero va más allá. No se refiere solamente a la sangre arterial, sino a todos los líquidos (linfa, sangre venosa, líquido cefalorraquídeo, intersticial, extracelular, sinovial). La disfunción mayor radica habitualmente, no en las isquemias o déficits vasculares, sino en los éxtasis o congestiones. Debemos mejorar el intercambio venolinfático y arterial y la libre circulación de todos los líquidos.

Conocemos todos a abuelas que viven en el campo y a las cuales una radiografía les revela una columna vertebral llena de artrosis. ¿Le debe doler mucho la espalda? ¿A mí? Nunca.

A la inversa, cuántas mujeres jóvenes que padecían cervicalgia se han derrumbado ante un diagnóstico irrefutable de artrosis cervical, todo esto porque la radiografía revelaba una condensación marginal del cuerpo vertebral. ¡Ah, esos famosos osteofitos que empujan en el vacío!

Sin embargo, todo el mundo debería saber que los síntomas de la artrosis no tienen nada que ver con este pretendido desgaste de los cartílagos. Efectivamente, ocurre que estos pacientes se encuentran mejor después de un tratamiento cualquiera, ya sea medicamentoso, fisioterapéutico, talasoterapéutico, etc. Sin embargo, si hacemos una radiografía en un momento en el que no existe una crisis, nadie ignora que los signos de desgaste no han experimentado ninguna regresión. No podían ser la causa de estos dolores. ¿De dónde vienen entonces estos grandes dolores? Del tejido conjuntivo. La elasticidad y la flexibilidad son las características mecánicas que permiten la adaptabilidad. Si existe sufrimiento, es que los tejidos peri-articulares han perdido sus cualidades de flexibilidad y ya no aceptan las deformaciones.

3. Encuéntralo, ajústalo y déjalo solo
Damos una información a nuestro sistema, y la buena información (tratamiento) procesa una respuesta por el organismo, que busca su equilibrio. Si entendemos la profundidad de los textos de Still y Littlejohn, podremos comenzar a comprender primero al organismo, luego a la biología y después a la vida. No eran libros de técnica, sino de filosofía.

Francisco Javier Rivas Crespo
Director de la Escuela de Medicina
Osteopática Sanasport

 

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