La toxicidad de los productos cosméticos

Sección: Estética y belleza

Publicación: Revista nº 88

Aprende a identificar los ingredientes nocivos de la cosmética industrial y sus efectos adversos
La toxicidad de los productos cosméticos

La importancia de consumir productos naturales en el ámbito alimentario ha hecho que el sector de la nutrición se haya puesto las pilas en la promoción y comercialización de alimentos “bio”; una práctica que poco a poco va ganando cada vez más adeptos en nuestro país a pesar de seguir ocupando uno de los últimos puestos en el ranking europeo. Es posible, sin embargo, que nos hayamos olvidado de insistir igualmente en los efectos beneficiosos de lo natural en otro ámbito, concretamente en el área de la cosmética.

Cierto es que no existe una cosmética 100% natural, ya que la mayoría de los productos llevan algún conservante (aunque sea suave) para garantizar su durabilidad, y un emulgente que permita mezclar y cuajar las sustancias obtenidas de las plantas y el agua. En cualquier caso, la cantidad de sustancias químicas o sintéticas añadidas representa menos de un 10% de la composición final del producto; de hecho, ese porcentaje marca la línea de lo que podemos considerar “natural” en el mundo cosmético, es decir, productos compuestos en más de un 90% por materias primas naturales de origen no animal que, además, carezcan de sustancias irritantes, tóxicas o peligrosas.

 

¿Qué ocurre con los cosméticos convencionales? Existe una normativa específica que determina con claridad que éstos no pueden contener sustancias clasificadas como carcinógenas, mutágenas o tóxicas; y es que este tipo de productos, lejos de quedarse en la capa externa de la piel, son absorbidos y pasan directamente a la sangre, con el consiguiente perjuicio para el organismo si efectivamente contienen sustancias tóxicas en ellos. Ahora bien, ¿cuál es el grado de cumplimiento de esa normativa por parte de la industria? Mayor o menor, deficiente en cualquier caso si nos atenemos a lo que viene reflejado en las etiquetas de muchos productos, incluso de marcas de prestigio internacional.

De todas formas, cumplir con el requisito de la legalidad no debería ser suficiente. Aunque las cantidades de tóxicos contenidas en los productos cosméticos convencionales resulten lo suficientemente pequeñas como para respetar la norma reguladora, la asiduidad con la que los utilizamos (a diario muchos de ellos) transforma su supuesta inocuidad en un riesgo innecesario para nuestro organismo. La excusa del cumplimiento legal es, pues, una irresponsabilidad manifiesta.

Los más peligrosos

El uso industrial de los aceites y grasas derivadas del petróleo es, desde el punto de vista económico, muy rentable para las empresas porque tanto unos como otras cuestan muy poco obtener. La industria cosmética los utiliza como agentes antibacterianos, pero a esta propiedad le añaden el valor añadido que representa su capacidad para mejorar la textura de las cremas (de esa forma su aplicación sobre la piel es más agradable). Sustancias muy socorridas para productos del cabello, desodorantes, enjuagues bucales y pastas de dientes, los aceites y grasas provenientes del crudo actúan, en realidad, como una especie de envoltura impermeable que impide la eliminación de toxinas a través de la piel. Cuanto más la usamos para hidratar la piel, más deshidratada se encuentra y más producto necesitamos. ¿Consecuencias? Acné, irritaciones, rojeces y otros desórdenes, además de un envejecimiento prematuro de la dermis.

La parafina es uno de estos ingredientes, probablemente el más utilizado en la mayoría de las cremas. La popular vaselina es parafina pura.

Dentro de los ingredientes peligrosos encontramos también los parabenos, presentes en más de un 90% de los productos que permanecen en la piel, y en más del 70% de los que se enjuagan. Sus propiedades bactericidas y fungicidas resultan muy útiles para alargar la vida del producto e impedir que sea atacado por bacterias y microorganismos. Lo que pocos saben es que también pueden provocar trastornos hormonales: imitan el comportamiento de los estrógenos y favorecen el crecimiento de tumores asociados a los niveles de éstos (el cáncer de mama, por ejemplo).

 Y curioso es el caso de los ftalatos, que las instituciones europeas prohibieron en la fabricación de juguetes para niños y en artículos de puericultura porque se les relacionaba con daños en los sistemas reproductor y endocrino. Según las autoridades comunitarias, existía incluso un aumento en el riesgo de padecer asma y cáncer. No eran meras ocurrencias; diversos estudios, entre ellos el realizado por la Universidad de Rochester (Estados Unidos), hablaban de un elevado riesgo de anomalías genitales en bebés varones. Paradójico o no, hoy en día tenemos seis tipos de ftalatos cuyo uso se prohíbe en la fabricación de juguetes por razones de seguridad, pero podemos encontrarlos sin problema en algunos productos cosméticos.

El listado de efectos adversos es particularmente extenso en el caso de los agentes detergentes que se añaden a geles de baño, champús, dentífricos, etc. Se absorben y almacenan en los tejidos del corazón, el hígado, los pulmones, los ojos y el cerebro. Afectan también al sistema inmune, interactúan con otros ingredientes favoreciendo la aparición de cáncer, y en cantidades suficientes pueden modificar el material genético contenido en las células. Los detergentes más empleados son el Sodium laureth sulfate y el Sodium lauryl sulfate.

Otro químico muy peligroso es la dietanolamina, una base detergente y espesante que figura en la etiqueta de más de seiscientos productos cosméticos y para el hogar. La División de Cosméticos de la Food and Drug Administration o FDA (Agencia del Medicamento de Estados Unidos) corrobora su peligrosidad al reconocer que varios estudios establecen el riesgo que implica una exposición continua a esta sustancia, sobre todo en el caso de los niños.

 Sorteando vetos

 “Hecha la ley, hecha la trampa”, se suele decir. Ni siquiera las prohibiciones específicas dictadas por decisiones legislativas parecen obligar a la industria a dar su brazo a torcer. Como muestra un botón: el uso del formaldehído, uno de los conservantes más baratos y efectivos, está prohibido en cosmética (se usa incluso en la fabricación de materiales de construcción y de muebles); sin embargo, las empresas se las han ingeniado para crear sustancias que, sin ser formaldehídos stricto sensu, son capaces de liberarlo. Es altamente cancerígeno por inhalación, y exponerse a él puede causar dolores articulares, de cabeza o de pecho, así como alergia, irritación y envejecimiento prematuro de la piel, daño en las membranas celulares y malformaciones en fetos.

Por su parte, el PEG o sustancia emulsionante no es tóxico en sí mismo, pero contribuye a eliminar el factor protector natural de la piel; así, su poder de penetración permite la entrada de otras sustancias tóxicas que contenga el producto en cuestión, quedando el sistema inmune mucho más expuesto y vulnerable. De ahí que no se permita usar más de cinco PEG en un mismo producto.

Apunto, para terminar, otros ingredientes tóxicos sobre los que se tiene conocimiento de su impacto negativo en la salud: filtros solares, colorantes, fragancias artificiales, aluminio, mercurio, antioxidantes sintéticos, o el talco (químicamente muy similar al amianto).

Dra. Odile Fernández

Médica de familia

 

 

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